En un largo Tour
Los centenarios rumbos del gran Santiago se unen al trazado de las calles dejando ver a cada paso un rincón de imaginería colectiva, fetichismo urbano, criollo o importado. Muchos son lugares históricos que se identifican por la antigüedad de sus edificios y que no todos observan como estos se merecen. Sus líneas subyugadas a una planimetría definida dentro de estilos como los años 30 o 50, o joyitas de carácter neoclásico bien ornamentadas en sus cornisas y que a duras penas se mantienen en pie gritando que necesitan urgente restauración. También están las construcciones que albergan los servicios públicos y que datan de tiempos remotos, algunos son de la época colonial y otros de la era del technicolor.Cuando te desplazas por lugares donde otrora pasaron tranvías, y que ahora alberga el gran e icónico comercio popular puedes contemplar representaciones que ofertan productos como el “Rey de las Bicicletas”, “La casa de la Ampolleta” o el “Palacio de la Goma” entre otras y en los cuales puedes valorar y rescatar un grafismo puro, que se traduce en una expresión genuina de comunicación popular con rasgos de ingenuidad (naif), como por ejemplo el clásico dibujo del completo y el pollo con papas fritas en las fachadas de los antiguos barrios comerciales de San Diego.
Es importante empaparse de estas manifestaciones espontáneas en la plástica popular, ya que, constituyen un referente importante que genera identidad cultural y pertenencia. Además sienta el precedente del cartelísmo criollo, que tienen ese condimento especial que cada cual subjetivamente disfruta con el hambre de sus pupilas.
Y después de tanto deambular, por supuesto que se debe visitar algún monumento al patache, es decir, y en buen chileno “La picá”. En estos nostálgicos boliches a veces no se puede ni caminar dentro del bosque de conversaciones llenas humo y en donde las mesas exigen prístinos la presencia de sus vetustos garzones, que justo bajo las cabezas empinaban sendos vasos de jolgorio y seudo juventud. Es muy sencillo, casi tanto como mi voz, el entrar y pedir algo al pie de la barra, o también puede ser sentado con amigos disfrutando con la variedad que ofrece la carta del lugar. Estos lugares son capaces de despojar de toda vanidad a su distinguida clientela al momento del deleite paladar.
Es entonces cuando uno piensa que en realidad no existe la necesidad de estirar tan peyorativamente el cuello, parar el culo, mirar con arribismo y desdén por encima del hombro para creerse el TOP por frecuentar restoranes con aspiracionales nombres de serial gringa, que yo también frecuento y disfruto, lo que molesta -reitero- es la actitud arribista de algunas lolas y lolos que siempre miran a huevo lo popular. Además hay que confesar con humildad que todos nos ponemos un poco feos cuando comemos, torcemos la boca al chuparnos los dedos.
Gio Seisentidos (-_-).*



