Gestos Olvidados
Hay veces en que veo mi vida y su acelerado ajetreo mercantil desconociéndome. Veo la interminable vorágine del paso raudo para llegar a la hora como un estilo de vida. Y el urbano vaivén acalorado de la locomoción a destino como una elección sin vuelta atrás, como una obligación social para llegar a algún lugar de reconocimiento. Esto de vez en cuando me hace respirar profundo y pensar en todo lo contrario. Pensar por ejemplo en la calma, en la contemplación de los pasos y el entorno, en la tranquilidad de mis paseos ociosos por la vega. Donde sus colores, sus texturas hacen remontarme a los orígenes del sustento agrícola, los frutosos aromas, a sus olores secos que articulan en mi interior un dibujo con la riqueza de un pueblo…Un viaje sigiloso a una vida más distendida, pero no menos sacrificada. A la vida del chile profundo.Es ahí cuando siento que la tierra ejerce un poder magnético, impulsando mi memoria a lo ancestral. Es así como me proyecto y pienso en los gestos olvidados, poco a poco perdidos, como caídos del árbol del tiempo. Pienso en los antigüos, imagino los olores por ellos vividos. El humo lejano penetrando los bosques añosos en un crujir de pisadas, mientras el cantar de un colibrí por las mañanas resuena en la garganta. Imagino y siento el galopar de los caballos amigos que solos se conducen a su destino. Pienso también como sonaba el tiempo surcando las estrellas mil veces miradas por ellos, pienso en sus pertenencias obsoletas y antiquísimas, concebidas con sudor y sacrificio. Pienso en esos lugares, esas rucas, esas personas, esos objetos, en esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cobertizos, cuartuchos o en forma de instrumentos.
Al mirar el fuego de una llama, experimento ese trance milenario, como volcando miradas al pasado y compartir esa conexión con un mundo mágico, como las brasa avivadas por mi al soplarlas. Un viaje al corazón de los antiguos, en su franca conversación con las estrellas, la luna, el sol y sus muertos. Conexión con el mundo silencioso, que nocturnamente hace ruido para crecer por la mañana en un brote de canelo.
Al seguir soplando el fuego sentí ese gesto, como un gesto de todos nosotros, intrínseco, puro….Cómo palabras perdidas en la infancia, escuchadas alguna vez a los viejos que van muriendo junto a nuestras tradiciones, nuestras raíces…finalmente nuestra identidad autóctona.
Con esto no quiero decir que odio la modernidad ni la ciudad donde hago mi vida, pero si odio sus maneras de discriminar. Sólo hablo de respeto y reconocimiento por nuestro pasado, de respeto por esa mirada. Respeto por las conversaciones que uno instintivamente sostiene en silencio con los ríos, en donde soltamos nuestras ideas más profundas en un pensamiento de agua que las llevará lejos a encontrarse con el mar, y que volverán como lluvia haciendo florecer mil respuestas en la tierra fértil de la sabiduría ancestral. O los rezos que la gente de la mapu silva al viento, y que despuntan el alba con rocío sobre sus campos. Plegarias humildes para la salud de un pueblo. Una fe en lo cósmico, en la persona y su palabra, en su integridad, en lo natural, en lo místico.
Si me preguntas creo que ésta mi opción de fe, es mi religión. Y no aquella de creer a pie juntillas en palabras y versículos de un libro a la medida, escrito por personas que creían que la tierra era plana. Concebida por la codicia de un remoto rey constantino hambriento de poder y absolutismo, enalteciendo su vanidad de creerse entendedor de la obra del tiempo, y desconociendo así la profundidad del espíritu libertario llamado naturaleza.
En fin, un mundo ancestral que hoy en día vive amenazado por la discriminación de estrategias macroeconómicas y sociales. Es penoso ver a la gente de la tierra desconocer su sangre y avergonzarse de sus rasgos, de sus nombres, transformándose en desarraigados de un sistema excluyente.
¿Que sería de nosotros si hubiéramos vivido nuestra propia edad media?. Dejemos a nuestros pueblos originarios la independencia de vivir bajo sus propias leyes, su medicina, su economía, su cosmovisión, su fe, su muerte, sus ritos, sus comidas, finalmente su cultura. Paren su constante hostigamiento, que se funda y argumenta en el hecho de que las tierras que les pertenecen por derecho, son apetecidas por los grupos económicos que controlan el negocio de los bosques y la celulosa.
Lamentablemente y como paradoja, estás comunidades rurales necesitan de incentivos y ayudas por parte del gobierno y ONG. Ayudas que se orienten a sus reales necesidades y respetando sus valores, para mejorar sus condiciones económicas y transformarlas a mediano plazo en sociedades sustentables para generar su autonomía real. La idea es asesorar, ayudar, pero desde la verdad y la palabra. Y no pisotear, aplastar o imponer leyes con tufillo a intereses económicos mediante de la fuerza o a través del sucio juego comunicacional de TV, que manipula la idea que la población tiene de un pueblo, distorsionando su voz, la razón de fondo y la convierte en terror, instrumentalizando la verdad a su favor.
Si a los gobiernos les molesta, o encuentran constitucionalmente inaceptable la idea de una nación independiente dentro de la república, entonces donde estaban estos gobernantes, que dejaron existir varias décadas sin molestias al enclave alemán Colonia Dignidad con sus leyes propias, sabiendo aún lo que sucedía en su interior.
Con todo lo anterior y mientras viajo en el atestado tren subterráneo con éste pensamiento de metro cuadrado de espacio, me asomo a veces a lo infinito que fuimos antes de esto, y que anda tu a saber si lo seguimos siendo aún.
Gio (-_-).*


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